Sobreviviendo antes del viaje…
Este texto va a ser distinto a los que he escrito antes. Quiero contar mi experiencia personal haciendo el Camino de Santiago. Y para que entiendas las decisiones que tomé, necesito contarte un poco sobre mí.
Nací con una malformación en las dos rodillas y, aunque me han operado un montón de veces, vivo con dolor a diario. Las caminatas largas no son precisamente lo que me recomiendan los médicos; de hecho, me dijeron que ni se me ocurriera hacerlas. Pero la Camila que aprendió a vivir con dolor también aprendió a ir a por sus sueños.
Hacer el Camino de Santiago era un sueño que tenía desde pequeña, desde que leí los libros de Paulo Coelho. ¿Y qué mejor oportunidad para hacerlo que ahora que vivo en España?
Así que me decidí. Iba a caminar los 120 km desde Sarria hasta Santiago pero, como conozco mis límites, adapté el plan. Esa ruta se suele hacer en cinco etapas, pero yo decidí dividirla en tramos más cortos para hacerla en ocho días en vez de cinco. El objetivo: llegar a Santiago de Compostela el día de mi cumpleaños.

Antes de hablar del Camino en sí, tengo que decir que casi no llego. No cogí días libres antes y, para poder encajar todas las vacaciones en un solo mes, tomé la loca decisión de trabajar diez días seguidos.
La noche anterior al viaje terminé de cerrar todo y, como siempre, metí un par de cosas de última hora en la mochila, algo que nos ha pasado a todos alguna vez. Volé de Madrid a Santiago y llegué casi a medianoche. Me alojé en el Monte do Gozo, uno de los albergues más conocidos del Camino, pero solo esa noche, ya que con mi plan de etapas no me tocaría dormir allí más adelante. El plan era sencillo: dormir todo lo posible porque, a la mañana siguiente, salía temprano hacia Sarria para empezar el Camino.
Día 1 – De Sarria a Ferreiros (15 km)
Empecé el día cogiendo un BlaBlaCar hasta Lugo y después un autobús a Sarria. El viaje fue agotador, sobre todo después de unos días tan intensos. Así que un consejo: paga un poco más y coge un autobús directo de Madrid a Sarria. Son seis horas de viaje, pero es mucho más cómodo y hasta puedes aprovechar para dormir.
Una vez en Sarria, me sentí un poco perdida intentando encontrar dónde conseguir mi credencial del peregrino (es obligatoria para que te den la Compostela y para quedarte en los albergues públicos). Al final la conseguí en la Iglesia de Santa Mariña, que está en la parte alta del pueblo; por cierto, es un sitio precioso.
El Camino está muy bien señalizado, hay flechas amarillas por todas partes que te van guiando. La ruta era espectacular pero dura: ¡casi 15 km de cuestas empinadas! Para alguien que está tan fuera de forma como yo, fue un reto de verdad.
Después de cuatro horas, por fin llegué a Ferreiros totalmente agotada… Como había salido de Sarria pasada la tarde, llegué bastante tarde. Lo único que pude hacer fue darme una ducha más que necesaria, cenar el menú del peregrino e irme pronto a la cama.
Me quedé en el albergue público, donde pagué 8 € y me dieron una sábana desechable. Es decir, nada de mantas. Así que, si vas a hacer el Camino, llévate un saco de dormir o, como en mi caso, una funda nórdica, que me fue igual de bien y pesaba mucho menos, jajaja.
El menú del peregrino es una comida barata que sirven en los restaurantes a lo largo del Camino de Santiago. Normalmente incluye un primero, un segundo, postre y bebida.
Día 2 – De Ferreiros a Gonzar (17 km)
La ruta fue más larga pero mucho más fácil. Hasta llegar a Portomarín no hubo cuestas, solo una bajada muy fuerte justo al final, donde tuve que ir apoyándome en las paredes para aguantar. Aparte de eso, todo bien. Si quieres evitar este trozo, cuando llegues a Portomarín verás que el camino se divide entre la ruta original y la complementaria. La cuesta empinada está en el camino original, así que, si tienes problemas de rodilla, te recomiendo la alternativa. Incluso te ahorras 100 metros. Jajaja.
Decidí caminar en silencio, sin música ni conversaciones, para conectar a tope con la naturaleza. Me metí tanto en el papel que me salté un desvío y me equivoqué de camino. Jajaja. Pero me llevó a unas vistas increíbles. Un consejo extra… déjate llevar y piérdete un rato; haz que el viaje sea tuyo. Eso sí, asegúrate de tener el mapa guardado para poder volver. Jajaja.
Varias veces durante el trayecto pensé en parar. Tenía los pies llenos de ampollas y el dolor era tan fuerte que me costaba hasta apoyarlos en el suelo. Pero seguí… En los últimos 4 km paré para hacer un picnic rápido y luego continué en chanclas, avanzando paso a paso.
Cuando llegué a Gonzar, me eché una siesta en el albergue público y luego tuve como recompensa una cena espectacular. El menú del peregrino (13 €) era súper abundante y estaba muy bien preparado. ¡Valió muchísimo la pena!
Día 3 – De Gonzar a Palas de Rei (17 km)


Tengo que admitirlo: me pasé toda la noche pensando en llamar a un taxi, en hacer autostop o en buscar cualquier forma de salir de allí. Y, para ser sincera, esos pensamientos me acompañaron durante todo el día. Lo que empezó como una simple ampolla en la planta del pie se había convertido en una herida profunda que llegaba a la carne viva y dolía como el demonio.
Pasé parte del trayecto llorando del dolor, otra parte contando los pasos y otra cantando. Jajaja. Y la verdad es que la música marca la diferencia. Mientras cantaba, conocí a un italiano que me pidió que cantara más fuerte para poder grabarme. Me deseó lo mejor y siguió su camino. También me crucé con una mujer mexicana que había venido con su hija para caminar 90 km y celebrar así su 90 cumpleaños; toda una inspiración. De vez en cuando, me pasaban peregrinos mayores que, al verme cojear y lo despacio que iba, se paraban para ver si estaba bien y animarme a seguir.
Ese día, más que nunca, el Camino me dejó claro que las cosas iban a salir como tenían que salir. Mi plan era hacerlo sola, hablando lo mínimo con los demás. Pero debo reconocerlo: si no fuera por la gente que me rodeaba ese día, quizá no habría tenido fuerzas para terminar.
Durante el viaje iba escuchando reflexiones diarias, y el tema de ese día era el Miedo. «No temas, porque Dios está contigo». El miedo apareció muchas veces, pero me repetía a mí misma que no había nada que temer y que no iba a sabotearme.
Al final llegué sintiéndome súper orgullosa por no haberme rendido. Una vez más, había aguantado el dolor y había ganado. El dolor seguía ahí, punzante, recordándome que ganar una batalla no significa que la guerra haya terminado. Pero terminé la noche con la certeza de que iba a superarlo: tanto al Camino como a mí misma.
Mi plan era hacer el Camino sola y hablar lo mínimo con otros peregrinos. Pero tengo que reconocer que, si no llega a ser por la gente que me rodeaba ese día, seguramente no habría tenido fuerzas para terminar.
Día 4 – De Palas de Rei a Melide (14,5 km)
Imagínate a alguien que se levanta súper ilusionada porque ya no le duele tanto el pie. Esa era yo… y la alegría me duró poco. Jajaja.
Salí de Palas de Rei sobre las 8 de la mañana, porque los albergues públicos tienen una hora límite para salir. Como la ruta hasta la siguiente parada era más corta, decidí salir más tarde para llegar justo a la hora de comer.
¿Y por qué tenía tantas ganas de comer? Porque Melide, mi destino de ese día, es famoso por su pulpo. Pero antes de eso, la herida del pie se me abrió del todo y el dolor se hizo insoportable. Conseguí llegar con mucho sudor y alguna que otra lágrima.
Aparte del problema del pie, el camino no me pareció demasiado difícil. El primer día fue todo cuesta arriba y el segundo tuvo una bajada brutal, pero el tercero y el cuarto no fueron tan empinados. Así que, un consejo: si estás planeando hacer el Camino, empieza a cuidarte los pies con antelación. Había leído sobre el tema pero, como soy una cabezota, no pensé que me fuera a pasar a mí. Me equivoqué por completo. Al final, me acabó doliendo más el pie que mis rodillas operadas.
Por fin llegué a Melide, y ya solo me quedaban 52 km para terminar el Camino. Tenía una mezcla de emociones: me preocupaba que el pie me diera más guerra, tenía ansiedad por llegar a la meta, esperanza de conseguirlo sin sabotearme a mí misma y me sentía orgullosa por no rendirme. Un torbellino de sentimientos.
Ahora, sobre el pulpo: fui a la Pulpería Garnacha, que tiene muy buenas críticas, pero no me convenció mucho. Después probé en la Pulpería Ezequiel y fue una experiencia totalmente distinta: ¡el pulpo estaba en su punto, la ración era generosa y el aliño perfecto! Estaba tan llena que casi no podía ni volver andando al albergue.
Día 5 – De Melide a Arzúa (14,5 km)
La reflexión del día fue «Dios en mi viaje». Pasé toda la caminata pensando en lo agradecida que estoy. Él conoce mis debilidades, mis fallos, mis luchas, mis excusas y mis pecados; y aun así, siempre está ahí y cree en mí.
Este tramo del Camino no estuvo libre de dolor, pero lo sentí mucho más ligero. Estaba segura de que llegaría a mi destino e iba superando los obstáculos uno a uno. Antes de darme cuenta, ya estaba terminando la caminata del día.
Después de Melide, la cantidad de gente que había por el camino era exagerada. A veces llegaban autobuses que soltaban a grupos enteros para que caminaran solo unos pocos kilómetros. Lo bueno fue que, para cuando llegué a mi parada del día, habían desaparecido tan rápido como habían llegado. Jajaja.
Hice este tramo con dos brasileñas, una de ellas de Vitória, la ciudad donde nací… El mundo es un pañuelo. Paramos en Ribadiso para picar algo y meter los pies en el río; el agua estaba congelada, pero el sitio era precioso. Al final, el agua fría hasta me ayudó.
El Camino estaba lleno de brasileños. Conocí a otro peregrino del sur de Brasil que me ayudó con el pie, me dio algo de medicina e incluso un poco de lana de oveja para ponérmela dentro del calcetín y protegerme.
Cuando llegué a Arzúa, fui al centro de salud porque se me habían infectado dos ampollas. El médico simplemente me dijo: «Sigue caminando y ya te lo curas cuando llegues a casa». ¡Jajaja!

Día 6 – De Arzúa a Santa Irene (16,5 km)
Este es un tema muy sensible para mí. Desde que decidí hacer el Camino de Santiago, me di cuenta de algo triste: este era el último sueño que me quedaba por cumplir. Intenté pensar en otros, pero la verdad es que no tenía ninguno más. Había cosas que quería hacer, claro, pero no eran sueños de verdad. Los sueños nacen de dentro y son los que nos empujan a seguir.
Ya había cumplido muchos sueños, mientras que otros se habían perdido o los había abandonado por el camino. Pero, ¿y ahora qué? No quería ir por la vida con indiferencia, como si estuviera viviendo de prestado, aceptando lo que viniera sin más. Esa se convirtió en la mayor reflexión de mi viaje. Y esperaba que, para cuando llegara a Santiago, no solo hubiera descubierto nuevos sueños propios, sino que también quería entender Sus sueños para mi vida.
Empecé el día llorando, muy pensativa, pero también con una determinación increíble. Aguanté el dolor y caminé a un ritmo fuerte. Habría ido incluso más rápido si no se me hubieran empapado las botas a mitad de camino, lo que me obligó a cambiarme a las chanclas… que se me rompieron a 1 km de llegar a mi parada.
Pero todo pasa por algo. Estaba tan motivada que probablemente habría ignorado cualquier consejo médico y habría seguido caminando unos cuantos kilómetros más. ¡Al final fue mejor así!
Como iba tan rápido, acabé llegando más de una hora antes de que abriera el albergue. Así que no me quedó otra que parar en un bar, hacer una videollamada para despertar a mi familia (que tiene cinco horas menos que yo), pedirme unas croquetas y esperar a que pasara el tiempo.
Ya faltaba poquísimo, solo dos días más… y los dos con distancias cortas. Me sentía emocionada, feliz y orgullosa, pero todavía me preguntaba qué nuevos sueños encontraría por el camino.
Día 7 – De Santa Irene a Lavacolla (12,5 km)
Y así, sin más, empezó el séptimo día. Me levanté mucho más animada; quizás el dolor por fin estaba dejando sitio a la emoción de estar llegando al final.
Esa motivación no se me quitó ni cuando me tocó subir una cuesta enorme. Hubo un momento en el que estaba convencida de que el giro inesperado del Camino sería que acabaríamos tan arriba que podríamos saltar directamente a un avión; ¡la colina estaba justo al lado del aeropuerto! Jajaja.
La reflexión de hoy fue «El Camino como metáfora de la vida».
Hice este tramo con un peregrino brasileño y tuvimos conversaciones muy profundas. Nos dimos cuenta de que habíamos pasado por rachas parecidas en la vida, pero también supimos ver las fortalezas del otro. Al final, en poco menos de tres horas, llegamos a nuestra parada del día, aunque por el camino paramos mil veces para hacer fotos, tomar café y poner sellos. Jajaja.
Casi nos quedamos sin sitio en el albergue; pillamos las dos últimas camas que quedaban. Si no llega a haber sitio, nos habría tocado caminar unos cuantos kilómetros más. Después de cenar, dejé todo listo para salir temprano a la mañana siguiente. El último tramo quería hacerlo sola; de hecho, solo de pensar en la llegada ya se me saltaban las lágrimas.

Día 8 – De Lavacolla a Santiago de Compostela (10,5 km)
¡Mi cumpleaños! Y no podía tener mejor regalo. Me invadió la emoción y, a pesar del dolor, seguí adelante. Caminé más rápido que nunca, aunque todos los achaques de mi cuerpo parecían volver a salir, como si ellos también quisieran despedirse del Camino.
Cojeba, pero me movía al ritmo de los latidos de mi corazón. Con cada paso, a medida que la catedral y la meta estaban más cerca, el corazón me golpeaba más fuerte y apretaba más el paso.
No me lo podía creer. ¡Lo hice! Conquisté el Camino… y, lo más importante, me conquisté a mí misma. En el momento en que llegué a la plaza, me derrumbé. Me sentí fuerte, poderosa, dueña de una fuerza que a menudo olvido que tengo.
Al final estaba hinchada, me dolía todo, tenía la cara fatal y llena de marcas rojas. Tenía todos los motivos para sentirme horrible, pero en lugar de eso, estaba orgullosa de mí misma, de la mujer en la que me he convertido y de la que sigo siendo cada día. Nada podía quitarme eso.
Espero que este sentimiento se quede conmigo. Sé que la vida no es fácil, pero ahora tengo una prueba más de que, pase lo que pase, puedo con ello.
Nada más llegar, fui directa a la oficina de la Xunta para recoger mi certificado y la Compostelana. ¡Qué bonita era!
De ahí me fui a la catedral. Llegué dos horas antes de la misa y conseguí sentarme en primera fila (solo detrás de los asientos reservados para las mujeres que ayudaban con las ofrendas y lecturas). Además de una misa preciosa, tuve la suerte de ver el Botafumeiro en acción; ¡gracias a los turistas americanos adinerados por pagarlo!
Llegar a ese sitio significó mucho más que terminar una ruta: significó superarme a mí misma. Fue un día de gratitud, de aprendizaje y de orgullo.



Consejos para los que quieran hacer el Camino de Santiago
¿Cuándo ir?
La primavera y el otoño son las mejores épocas; te quitas el calorazo del verano y el frío fuerte del invierno. Yo lo hice en la segunda quincena de mayo y el tiempo fue perfecto. Por la mañana refrescaba un poco, pero durante el día se estaba de lujo.
Mira qué tiempo va a hacer. Yo tuve suerte y solo llovió cuando ya estaba en Santiago. Caminar bajo la lluvia es un lío. Si las botas ya de por sí te sacan ampollas, imagínate con los pies empapados.
¿Qué meter en la mochila?
Una mochila ligera (que no pase del 10% de tu peso).
Saco de dormir o una funda nórdica.
Ropa cómoda y ligera.
Una chaqueta: por las mañanas refresca bastante, aunque no sea invierno.
Protector solar, gorra y gafas de sol.
Vaselina o crema para los pies (NO pases de las ampollas).
Chanclas para cuando dejes de andar.
Un botiquín básico.
Zapatillas cómodas y usadas (ni se te ocurra estrenarlas allí).
Batería externa (power bank).
Algo de efectivo: en algunos sitios no les funcionan las tarjetas.

Consejos extra
- Si puedes, saca la credencial del peregrino antes de ir.
- Descárgate el mapa del Camino en Google Maps.
- Acuérdate de pedir al menos dos sellos cada día.
- No te cierres a un plan fijo y escucha a tu cuerpo.
- El Camino se disfruta más sin prisas: ¡vive la experiencia a tu ritmo!
Hacer el Camino de Santiago ha sido una de las mejores experiencias de mi vida. Si estás pensando en lanzarte, ve con ganas. Vas a tener momentos duros, pero también vas a sacar fuerzas de donde ni te lo imaginas.
¡Ultreia y buen camino!













